El asfalto irradiaba el calor acumulado de media tarde cuando Marti se aventuró por primera vez a explorar su nueva ciudad. Las calles del centro bullían de vida, un constante ir y venir de cuerpos que se rozaban bajo el sol inclemente de las dos de la tarde. Había pasado las últimas semanas intentando dar vida a un apartamento casi vacío, donde solo un colchón en el suelo, un par de sillas plegables, un ordenador de sobremesa y una maleta con ropa marcaban su presencia.
Después de la separación, había dejado atrás no solo una relación, sino también todos los objetos que pudieran evocar su vida anterior. Ahora, la desnudez de esas paredes blancas y el eco de sus pasos en el espacio vacío lo empujaban a la calle, buscando escapar de una soledad que rebotaba entre los rincones. La ciudad, mucho más grande que su anterior hogar, le prometía el anonimato que tanto ansiaba, la posibilidad de reinventarse lejos de miradas conocidas y recuerdos dolorosos.
El sudor le pegaba la camiseta a la piel, un calor sofocante que lo empujó a buscar refugio en las callejuelas menos transitadas. Entre fachadas de ladrillo gastado, descubrió un pasaje comercial que prometía un respiro. Una ráfaga de aire acondicionado lo envolvió, mezclándose con el murmullo de conversaciones que no entendía. El pasaje lo transportó a otro mundo. Oleadas refrescantes de aire acondicionado se escapaban de las tiendas. Fragmentos de conversaciones en lenguas desconocidas flotaban a su alrededor, una sinfonía urbana.
La curiosidad, esa vieja compañera que siempre lo metía en situaciones inesperadas, lo empujó a adentrarse más. El pasillo cobraba vida conforme avanzaba, el zumbido de las máquinas y risas al pasar por una peluquería, una casa de apuestas con sus pantallas parpadeantes, y un restaurante tailandés que perfumaba el aire con aromas de especias exóticas. Fue entonces cuando lo vio: el ondular hipnótico de unas pesadas cortinas rojas que se mecían tras el paso apresurado de un hombre que emergía del local, con los ojos clavados en la pantalla de su teléfono y un ligero rubor en las mejillas.
Sobre la entrada, letras de neón pulsaban con vida propia a pesar de la hora diurna: “Rasmus”. El nombre resonó en su mente como un susurro, una invitación a lo desconocido. Marti se detuvo, sintiendo el pulso acelerarse mientras observaba aquellas cortinas que parecían guardar un secreto. Sus dedos hormigueaban con el deseo de apartarlas, de descubrir qué tipo de lugar se escondía tras ese nombre enigmático. Dudó un instante, la curiosidad luchando contra una timidez repentina. ¿Y si…? Respiró hondo y, con un impulso casi involuntario, empujó las cortinas y entró.
Al entrar, se encontró con estantes que se alzaban hasta el techo, repletos de DVDs. Una música de fondo le sonaba familiar, pero no alcanzaba a identificarla, absorto como estaba por el descubrimiento. Avanzó unos pasos mientras observaba las diferentes películas: evidentemente, todas de contenido para adultos. El pasillo de acceso obligaba a girar a la izquierda. Casi a la mitad del local, un estante central creaba dos pequeños pasadizos, aún con más películas. En los estantes pegados a la pared, había juguetes eróticos.
El sonido de una voz cortó sus pensamientos como una navaja.
—¿Buscas algo en particular?
Marti dio un brinco, su corazón saltando contra sus costillas. El origen de la voz se materializó en forma de un hombre detrás de un mostrador, hábilmente camuflado tras una pared divisoria al final del pasillo.
—No, nada en particular, solo miraba —respondió Marti, girándose para enfrentar a quien había interrumpido su contemplación. Las palabras salieron de su boca con una casualidad que no sentía, mientras buscaba dibujar una sonrisa en su cara.
Un zumbido eléctrico rasgó el aire —trrrrr—. Una puerta, hasta entonces invisible para Marti, cobró vida junto al mostrador oculto. Por un instante, mientras otro cliente emergía, vislumbró el descenso de unas escaleras que se perdían en la oscuridad. Una punzada de excitación lo recorrió. La quietud amplificaba el latido de su corazón. Finalmente, se atrevió a dirigirse al hombre del mostrador, cuyo rostro mantenía una estudiada indiferencia:
—¿Hay algo más para ver detrás de esa puerta?
—Si pagas la entrada, puedes entrar y quedarte todo el rato que quieras —la respuesta llegó seca, profesional, como un contrato verbal sin adornos.
Una mezcla de temor y excitación recorrió el cuerpo de Marti, electricidad pura en sus venas. Su mente ya fabricaba teorías sobre lo que podría encontrar en ese sótano, aunque en el fondo, lo sabía perfectamente. Casi sin pensarlo, como si sus manos tuvieran voluntad propia, extrajo el dinero y pagó. El zumbido eléctrico volvió a sonar, esta vez invitándolo a entrar.
El descenso fue como sumergirse en otro mundo. La luz, tenue pero suficiente, creaba sombras que bailaban en las paredes mientras bajaba los escalones. Con cada paso, una sinfonía de gemidos se hacía más clara, más real: voces masculinas y femeninas entrelazándose en el aire, rebotando en las paredes, llegando desde todas direcciones como un coro prohibido. Al final de las escaleras, tras un giro a la derecha, el verdadero laberinto se reveló ante sus ojos: largos pasillos que se perdían en la penumbra, algunos tramos más oscuros que otros, salpicados de pequeñas puertas que daban acceso a cabinas. Dentro de cada una, una banca y un televisor colgado eran los testigos silenciosos de placeres privados de los visitantes.
La sobrecarga sensorial golpeó a Marti como una ola. El espacio pulsaba con vida propia: siluetas que se deslizaban por los pasillos como sombras conocedoras del terreno, algunas con la inconfundible cadencia femenina, contoneándose en la penumbra con una gracia ambigua que dejaba más preguntas que respuestas. Entre ellas, hombres que se movían con la familiaridad de antiguos visitantes, algunos cautelosos como exploradores novatos, otros caminando con la urgencia de quien persigue un objetivo claro.
Conforme avanzaba, Marti sentía el peso de las miradas sobre su cuerpo. Ojos que lo seguían desde las sombras, evaluando, midiendo, deseando. Un hombre se cruzó en su camino, rozando “accidentalmente” su brazo; otro tropezó suavemente contra su espalda, murmurando una disculpa que sonaba más a invitación. La danza del deseo se manifestaba en cada encuentro casual, en cada mirada sostenida un segundo más de lo necesario.
A pesar del nudo en su estómago, Marti continuó adentrándose en el laberinto. Mesitas altas salpicaban el espacio, donde algunos bebían cerveza con aparente casualidad, sus ojos saltando entre las docenas de pantallas que proyectaban películas para adultos y los transeúntes que circulaban por el lugar. La curiosidad empujaba a Marti hacia adelante, ya sin dudas sobre la naturaleza del establecimiento.
Mientras se aventuraba más profundo en el laberinto, notó un súbito movimiento colectivo: un grupo de hombres comenzaba a desplazarse en la misma dirección, con paso decidido. Marti observaba cómo lo adelantaban con zancadas apresuradas. Fue entonces cuando sus ojos registraron un detalle revelador: algunas cabinas tenían ventanas y agujeros de diversos tamaños en sus paredes. Interesante. Sintió cómo su pulso se aceleraba ante el descubrimiento.
Al alcanzar el punto de convergencia, la escena se desplegó ante sus ojos: una mujer, evidentemente acompañada, se encontraba en el centro de la atención. No hacía nada extraordinario, solo conversaba y bebía cerveza con su acompañante, pero los hombres los rodeaban como depredadores pacientes, sus ojos brillando en la penumbra. La forma en que los hombres la rodeaban, sus miradas hambrientas, el roce “accidental” de una mano en su cintura… Marti comprendió lo que estaba a punto de suceder.
Entre la multitud expectante, destacaban varias figuras: un hombre pequeño y nervioso, secándose el sudor de la frente con un pañuelo; otro con traje gris que consultaba su reloj; y un tercero, de constitución delgada y atlética, que captó la atención de Marti al instante. Piel morena, bronceada. Una nariz ligeramente desviada. ¿Un accidente? ¿Será boxeador? La sombra oscura de la barba, que ya se dibujaba en su mandíbula a pesar de estar recién afeitado… hmmm. Marti intentó llamar su atención, una mirada, un leve roce al pasar, pero el hombre parecía absorto en la escena, ajeno a su presencia. Nada.
Con una mezcla de intriga y decepción, Marti continuó su exploración del local, dejándose envolver por los gemidos que se intensificaban tras algunas puertas cerradas, como una banda sonora de los encuentros ya consumados. El ambiente cargado de feromonas y deseo, el calor del lugar, o quizás la frustración, comenzaba a subirle la temperatura. Sintió una presión familiar en su entrepierna, el tejido de su pantalón tensándose.
Después de recorrer el laberinto en su totalidad, Marti vagaba sin dirección, su cuerpo vibrando con la electricidad del ambiente. La excitación corría por sus venas como un río subterráneo, alimentado por cada gemido, cada mirada, cada roce en la penumbra. Sin embargo, algo lo detenía: ese “Clic” vital que siempre había sentido antes de cualquier encuentro íntimo brillaba por su ausencia.
Sin meditarlo demasiado, se introdujo en una de las cabinas más espaciosas, parcialmente sumida en sombras. El inventario de la habitación se reveló ante sus ojos: una imponente equis de madera dominaba una esquina, equipada con restricciones de cuero para extremidades; un sillón enfundado en látex rojo brillante reflejaba la escasa luz, y en lo alto, un televisor montado en la pared completaba el escenario. En la parte inferior del muro, una ventanilla con compuerta metálica prometía conexiones con la cabina contigua. A la izquierda de la equis, una rendija en forma de cápsula alargada atravesaba la pared.
A pesar de la mezcla de gemidos proveniente de los televisores y otras voces, un resplandor más intenso se filtraban por la rendija. Al agacharse para investigar, Marti se encontró cara a cara con la escena que había abandonado: la mujer y su acompañante habían comenzado su ritual de seducción. Se quedó allí, inmóvil, observando cómo se desarrollaba el espectáculo, curioso por ver el desenlace con la media docena de pretendientes que aún rondaban a la pareja.
La selección no se hizo esperar. El acompañante, quien claramente dominaba la situación, hizo una señal a uno de los observadores, invitándolo a unirse. Los demás fueron despachados con un gesto autoritario, y la puerta se cerró tras ellos. Por eso se apresuraban.
Apenas había procesado esta revelación cuando la cabina comenzó a llenarse de espectadores ansiosos por conseguir un vistazo a través de la rendija. Marti cedió su posición, mascullando algún comentario genérico sobre la situación para mantener las apariencias. La verdad era que, aunque apreciaba la belleza femenina, no despertaba en él ese fuego que otros parecían experimentar. Su presencia allí era más producto del azar que de la intención.
Los hombres se turnaban, compartiendo comentarios subidos de tono sobre la escena. Cuando llegó nuevamente el turno de Marti, se inclinó para mirar tratando de pasar desapercibido. La mujer, con su piel nacarada brillando bajo la luz artificial, se contoneaba entre sus dos amantes como una bailarina en éxtasis. Su cabello largo se mecía al ritmo de las caricias, mientras gemidos entrecortados escapaban de sus labios. El hombre elegido recorría su cuerpo con manos expertas, apretando y acariciando cada centímetro de piel a medio exponer, mientras el acompañante, aún vestido, dirigía la sinfonía de placer con comandos precisos.
Al enderezarse, Marti notó que la cabina se había vaciado casi por completo. El hombre del traje gris y el pequeño del pañuelo se habían marchado. Solo quedaban unos pocos espectadores, entre ellos, el hombre de aspecto rudo que había visto antes, impaciente por acercarse a la rendija. Marti se hizo a un lado, cediéndole el lugar. El hombre se agachó, y la tela de su camiseta se tensó sobre los músculos de su espalda mientras contemplaba la escena. Sus puños se cerraban y abrían en un ritmo inconsciente, como conteniendo un impulso primitivo de participación.
La cabina terminó de vaciarse, dejándolos solos. Marti consideró la retirada, abandonar al tipo con su contemplación solitaria, pero entonces algo ocurrió que le robó el aliento. El hombre se incorporó y, al cederle su lugar, se ajustó deliberadamente la evidente erección oculta en sus pantalones. Vaya. Marti contuvo la respiración. Una sonrisa nerviosa se dibujó en sus labios, temeroso de malinterpretar el gesto y terminar con su propia nariz desviada.
—Interesante, ¿no? —dijo el hombre, con un tono neutro.
Marti se giró, sorprendido. El hombre de la barba incipiente le había hablado. ¿Interesante? ¿Acaso su…? Una oleada de calor lo recorrió, mezclada con una punzada de ansiedad… Se agachó para mirar por la rendija, su mente dando vueltas.
La escena tras la rendija lo distrajo: la mujer, ahora desnuda por completo, se afanaba torpemente con boca y manos sobre la erección del hombre elegido, se movía sin una cadencia clara, como si buscara un ritmo que se le escapaba, la luz tenue del cuarto iluminaba las formas desordenadas de sus movimientos, los pechos llenos y pesados de la mujer rebotaban con cada movimiento. Sus cuerpo se contorsionaba para intentar servir mejor a el miembro erecto del hombre, el cual brillaba con un ligero film de saliva. El acompañante cerveza en mano, seguía con mirada fija la escena, paralizado, pero con una evidente excitación.
¿”interesante”? ¿Se referirá a esto, o…? Contó hasta diez mentalmente para hacer tiempo, luego se incorporó, encontrándose con la mirada intensa del hombre.
—Parece que la mujer no tiene mucha experiencia —soltó Marti, intentando mantener un tono casual a pesar del nudo en su garganta.
Los ojos del extraño brillaron con un destello travieso, como si también estuviera lidiando con sus propias dudas. Había una mezcla de curiosidad y algo más oscuro, más primitivo. “Clic”. Marti sintió lo que le faltaba, la chispa del deseo. Su mirada descendió instintivamente, confirmando que el interés del hombre seguía presente y visible en su entrepierna. Cuando el hombre se giró hacia la rendija, Marti contempló la retirada, dudoso y precavido. Pero entonces, la voz grave del hombre cortó el aire con una orden más que un pedido:
—Cierra la puerta.
Los pocos vellos de los brazos de Marti se erizaron instantáneamente. Controló el impulso de precipitarse y, con pasos medidos, que no delataran su nerviosismo, se acercó a la puerta. El sonido del cerrojo resonó en la cabina, amplificado por el zumbido distante de música y gemidos del local. Mierda. Al girarse, el hombre se había puesto de pie, lo observaba, su silueta recortada contra la luz tenue del televisor. La mirada, intensa y oscura, lo desarmaba. Sintió una oleada de adrenalina, el deseo luchando contra el miedo.
—¿Y tú? ¿Tienes experiencia? —preguntó el hombre, su voz ronca traicionando cierto nerviosismo bajo su aparente seguridad. Marti tragó saliva, consciente de que cada palabra podría cambiar el rumbo de la situación.
—Depende… de qué estemos hablando —respondió, midiendo cada palabra, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas. El extraño dio un paso lento hacia él, y Marti resistió el impulso de retroceder. El hombre olía a una mezcla de aftershave y sudor, un aroma intensamente masculino que le hacía girar la cabeza. La sonrisa del hombre se tornó depredadora.
—Enséñame —ordenó, recorriéndolo con una mirada que mezclaba curiosidad y dominio—. De rodillas.
Marti sintió que el aire se le escapaba por un instante. La orden resonó en su mente como un eco constante, y el latido de su corazón se volvió ensordecedor. Había algo electrizante en la mirada del hombre, una intensidad que lo hizo sentir expuesto, vulnerable y, al mismo tiempo, sorprendentemente vivo.
—Veamos si esa boca tuya sirve para algo más que hablar —gruñó el hombre, presionando a Marti hacia abajo por los hombros.
La excitación se mezcló con miedo y anticipación. El hombre tenía sus ojos convertidos en pozos oscuros de deseo. Con movimientos bruscos, desabrochó su propio cinturón. El sonido metálico resonó como una amenaza en la cabina.
Con un movimiento fluido, se despojó de su camiseta, revelando un torso esculpido en músculos definidos, decorado con una fina capa de vello oscuro. Su erección pulsaba visiblemente contra la tela del pantalón.
Marti, quedó de rodillas, excitado y nervioso a partes iguales. Los dedos temblorosos jugaron con la cremallera, anticipando lo que vendría. Con movimientos calculados, liberó el botón y bajó el cierre lentamente, liberando una erección que se alzó orgullosa ante él, firme y palpitante. Marti contuvo el aliento ante la vista: tenía en frente una obra de arte, erguida como un faro en la penumbra.
—Chúpamela —ordenó el hombre.
La piel, suave y tensa. El calor. Marti dudó un instante. Luego, se inclinó, su lengua trazando un camino húmedo desde la base hasta la punta, el sabor del fluido preseminal mezclándose con la anticipación al placer. Un gemido ronco escapó de la garganta del hombre cuando la boca de Marti lo envolvió por completo, el ritmo de succión firme y experto. Las manos del hombre se aferraron a su cabeza, guiándolo, marcando el paso. Marti se entregó al dominio, la presión, la intensidad, despertando en él una excitación casi salvaje.
—Así… —gruñó el hombre, la voz cargada de una sensualidad oscura—. Tú sí que sabes hacerlo…
Los gemidos del hombre se tornaron guturales, profundos. Su agarre se volvió más tenso, sus movimientos más urgentes. Estaba perdiendo el control, su respiración errática, animal. Marti lo sentía tensarse, cada vez más cerca del clímax. La lengua de Marti, experta, lenta al principio, exploraba la textura aterciopelada, el sabor salado-dulce de su sexo. Un roce suave de labios, una caricia húmeda. Perfecto. El ritmo aumentó, la presión también. Marti lo envolvía más y más, la succión firme, jugando con él, llevándolo al límite. Un gemido ahogado escapó de la garganta del hombre. Entonces, Marti aflojaba la presión, una tortura deliciosa. Volvía a tomarlo, más profundo esta vez, deslizándose arriba y abajo, chupando, lamiendo, saboreando cada centímetro. El sonido húmedo de la succión llenaba la cabina, acompañado por los gemidos cada vez más intensos del hombre, cada vez más cerca del abismo.
Las manos del hombre abandonaron la cabeza de Marti intentando apoyarse con la espalda contra la pared, arqueado hacía atrás buscando estabilidad. El sudor perlaba su pecho bronceado, los músculos tensos bajo la piel bronceada, sus vellos agrupados dibujando rutas por su vientre.
—Para… —ordenó de repente con voz entrecortada, alejándose ligeramente—. Ponte de pie.
Con un movimiento brusco, llevó a Marti contra la pared. El contraste entre el frío de la superficie y el calor del cuerpo delante de él hizo que Marti jadeara. Sus manos ásperas recorrieron su cuerpo con urgencia, un agarre firme y posesivo que transmitía tanto deseo como una pizca de impaciencia. Palmearon su trasero con fuerza, amasando la carne a través de la tela del pantalón, antes de descender por sus muslos, apretando con fuerza. Marti arqueó la espalda instintivamente, pegándose más contra la fría pared, la fricción de sus cuerpos encendiendo un fuego en su interior.
—Me gustas… —gruñó el hombre contra su oído, su aliento caliente acariciando su piel—. Me gusta tu cuerpo.
Marti cerró los ojos, un escalofrío recorriéndolo de pies a cabeza. La voz ronca del hombre, la proximidad de su cuerpo, la promesa implícita en sus palabras… todo se combinaba para crear una tensión deliciosa, una anticipación que lo hacía temblar.
Sin previo aviso, el hombre tiró de sus pantalones hacia abajo, liberando su erección, que palpitaba con necesidad. La repentina exposición al aire frío hizo que Marti jadeara. El hombre se detuvo un instante, su mirada fija en la erección de Marti, una mezcla de curiosidad y una vacilación casi imperceptible cruzó su cara. Parecía debatirse internamente, luchando contra un impulso desconocido.
Finalmente, con un movimiento tentativo, rozó la punta del miembro de Marti con el dorso de su mano, un toque fugaz que envió una ola de calor por la espalda de Marti. Se limitó a eso, un roce breve, casi accidental, como si quisiera comprobar la textura, la temperatura de su piel.
—Mierda… —jadeó Marti—. Sigue…
El hombre pareció reaccionar, apartó su mano con un gesto brusco y, sus dedos se cerraron en torno a su cuello, reclamándolo como suyo. Lo giró, obligándolo a darle la espalda. Su otra mano se deslizó entre las nalgas de Marti, buscando la entrada.
Sus dedos, lubricados con los fluidos pre-seminales y saliva, se presionaron contra la entrada de Marti, explorando la resistencia, preparando el terreno. La vacilación inicial había desaparecido, reemplazada por una determinación casi feroz. Marti gimió de nuevo, una mezcla de placer y un ligero escozor. Sintió cómo el dedo del hombre se deslizaba dentro de él, estirándolo, llenándolo. La sensación era intensa, nueva, y la mezcla de excitación y vulnerabilidad lo hacía sentir extrañamente poderoso. La atención del hombre, enfocada ahora en su trasero, le proporcionaba una extraña sensación de control, una ventaja en ese juego de poder y sumisión.
—Relájate… —murmuró el hombre contra su oído, su voz cargada de una sensualidad oscura—. Quiero sentirte por dentro.
Marti obedeció, un suspiro tembloroso escapando de sus labios mientras el hombre introducía un segundo dedo, moviéndolos dentro de él con un ritmo lento. La presión, la fricción… una sensación abrumadora, una inesperada vulnerabilidad.
El hombre gruñó, presionando su maciza erección entre las nalgas de Marti. Con un movimiento firme y decidido, se acomodó detrás de él, alineando su miembro con la entrada preparada. Una mano sujetando el hombro de Marti, la otra guiando su contundente erección. Marti contuvo el aliento, anticipando la invasión, el calor del cuerpo del hombre pegado al suyo.
Un jadeo escapó de los labios de Marti cuando el hombre lo penetró, primero la punta, luego, con un movimiento pélvico controlado, por completo. Lo llenaba, lo estiraba: una sensación intensa, casi dolorosa. El primer embiste fue lento, profundo. Un gemido ahogado escapó de los labios de Marti, placer y sorpresa mezclados. Los cuerpos se juntaron, la fricción, el miembro del hombre dentro de él, una sensación abrumadora, intoxicante.
El hombre apretando su pecho contra la espalda de Marti se quedó quieto por un instante, como saboreando la sensación. Su respiración agitada golpeando contra su cuello. Su cuerpo húmedo y los vellos de su pecho cosquilleando la piel de Marti. Luego de un instante, comenzó a moverse, retirando su miembro lentamente para volver a embestir con fuerza, cada movimiento más profundo que el anterior.
El sonido de sus cuerpos chocando, el húmedo roce de sus caderas, gemidos entrecortados… una sinfonía carnal en la cabina. Con cada embestida, un chasquido húmedo, el miembro del hombre deslizándose dentro de él. Marti arqueó la espalda, ofreciéndose, sus caderas moviéndose al ritmo de las penetraciones, buscando más contacto, más fricción.
—Mierda… —gruñó el hombre, la voz ronca por el placer—. Estás… tan apretado…
Cada palabra era un jadeo, una exhalación de puro deseo. El ritmo se volvió frenético, urgente, el agarre en las caderas de Marti casi doloroso. Marti gimió, su cuerpo tensándose con cada movimiento. El placer era abrumador, la fricción, el calor, la fuerza del hombre lo llevaban al límite.
—Sí… —jadeó Marti, moviendo sus caderas con más fuerza, buscando el punto de máximo placer—. Más… más fuerte…
El hombre gruñó en respuesta, sus estocadas se volvieron más potentes, descontroladas. Perdía el control, arrastrado por la ola de placer.
—Me encanta… —gimió, su voz casi un sollozo—. Me encanta como se siente… tu trasero…
Las palabras, pronunciadas entre jadeos, encendieron aún más a Marti. La idea de que el hombre, este hombre rudo y dominante, estuviera experimentando tanto placer con él, lo hacía sentir poderoso, deseado.
El ritmo de las embestidas se volvió frenético, los gemidos convirtiéndose en gritos guturales, animales. Marti sentía el clímax acercarse, su cuerpo tensándose, preparándose para explotar.
—Mierda… ¡Me corro! —gritó el hombre, la voz quebrada por el placer. Unas últimas embestidas, poderosas, brutales, y un torrente caliente, denso, inundó a Marti, llenándolo por completo.
Marti se aferró a la pared, su cuerpo convulsionando mientras alcanzaba su propio orgasmo, una ola de placer que lo dejó sin aliento, débil, tembloroso.
El hombre se desplomó sobre él, su respiración agitada golpeando contra su espalda. Se quedaron así por un largo rato, en silencio, sus cuerpos unidos. Marti disfrutaba la sensación de tenerlo así, como un animal salvaje domado, su fuerza bruta ahora sometida a su placer. Sentirlo aún dentro, palpitante y rendido, lo llenaba de una profunda satisfacción, la posesión de ese sexo hermoso y poderoso haciéndolo sentir como si se hubiera entregado a un placer prohibido.
Su peso era casi abrumador. La respiración del hombre, agitada y profunda, le acariciaba la piel húmeda. El sudor y otros fluidos creaban una película íntima entre ambos. Marti sentía las piernas aún frágiles, apenas capaces de sostenerlo. El hombre intentó moverse, salir de él, pero un gemido bajo escapó de sus labios. Parecía atrapado, su miembro aún palpitante dentro de Marti, reacio a abandonar la cálida y estrecha prisión.
En ese instante, aún adheridos, el hombre inclinó la cabeza y depositó un beso suave en su hombro húmedo. Un gesto tierno, inesperado, que contrastaba con la rudeza de sus acciones previas. La cercanía, la intimidad del momento, hizo que a Marti se le erizara la piel.
—Joder… —murmuró el hombre, su voz ronca por el cansancio—. Espera… un segundo…
Marti asintió, incapaz de articular alguna palabra. La sensación del hombre aún dentro de él, aunque incómoda, tenía un componente de intimidad que lo hacía sentir extrañamente conectado a él.
Finalmente, con un último suspiro, el hombre se liberó, dando un paso atrás. La separación, aunque leve, fue como una pequeña descarga eléctrica. Marti sintió un vacío repentino, una sensación de pérdida.
—Eso… fue… bastante intenso… —jadeó el hombre, apoyándose contra la pared, sus ojos fijos en la cara de Marti.
—Sí… —susurró Marti, su voz apenas audible. Su mente aún estaba nublada por el placer, incapaz de procesar completamente lo que acababa de ocurrir.
El sonido de un teléfono vibrando rompió el silencio. El hombre, con un movimiento rápido y nervioso, buscó entre sus pantalones enrollados en sus tobillos, lo sacó de uno de los bolsillos, su cara tensándose aún más al ver la pantalla.
—Mierda… —murmuró, contestando la llamada con un tono brusco—. Sí… estoy aquí… no, no ha pasado nada… sí… llegaré pronto…
La conversación, breve y críptica, parecía haberlo sacado de su trance de placer, devolviéndole a la realidad. Colgó el teléfono y lo apretó en su mano.
—Sorry… —murmuró, evitando la mirada de Marti—. Me tengo que ir…
Su tono era ahora distante, casi frío. La transformación era tan drástica que Marti se sintió como si estuviera hablando con un completo desconocido.
—Fue… increíble… —murmuró, como si hablara más para sí mismo que para Marti—. No… no me esperaba esto… —Se subió la ropa interior, la cual marcaba aún su imponente masculinidad, se puso la camiseta y se subió el pantalón rápidamente, casi con torpeza.
Se giró para marcharse, pero se detuvo en la puerta, mirando a Marti por encima del hombro—. No lo vayas a arruinar… —dijo con una sonrisa casi imperceptible, antes de desaparecer en la penumbra del Rasmus.
Marti se quedó allí, solo, semi desnudo. La intensidad del encuentro aún vibraba en su piel, pero la repentina partida del hombre lo había dejado descolocado. No lo vayas a arruinar. ¿Qué significaba eso? ¿Una advertencia? ¿Una promesa? Una mezcla confusa de excitación e incertidumbre lo recorrió. Había disfrutado del sexo, de la intensidad, del dominio… pero también había sentido algo más, una chispa de conexión que ahora parecía haberse apagado. ¿O no?
Se vistió lentamente, su mente dando vueltas a las palabras del hombre. Justo cuando se disponía a salir de la cabina, notó un objeto brillante en el suelo, junto a la pared. Una alianza de oro, Marti la recogió y la llevo a la luz para examinarla, estaba grabada con un nombre femenino y una fecha. ¿Será de él? Marti sintió un frío repentino.
La alianza pesaba en su mano. Miró el nombre grabado, brillando bajo la tenue luz. Dudó. ¿Quería saber más? ¿O era mejor dejarlo así, como un recuerdo excitante y misterioso? La intriga lo mordisqueaba. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué ocultaba?
Con una sonrisa nerviosa, Marti guardó la alianza en su bolsillo. El Rasmus aún latía a su alrededor, un laberinto de riesgos. La posibilidad de una nueva aventura, de un juego peligroso… Quizás, solo quizás, valía la pena explorar un poco más.